jueves, 1 de enero de 2009

Navegaciones

Pedro Miguel
27 nov 08
navegaciones@yahoo.comhttp://navegaciones.blogspot.com
■ Hace 25 años, en Mejorada del Campo
■ Cuatro grandes de la cultura
Ibargüengoitia, Traba, Rama y Scorza
Lo más dañino para la cultura latinoamericana, después de los gobiernos militares y la televisión, es el aeropuerto de Barajas. Hoy hace 25 años murieron, en los alrededores de esa terminal aérea nefasta, varios grandes de las letras y del pensamiento que viajaban a bordo de un Boeing 747 de Avianca, procedente de París, y que debía hacer una escala en Madrid antes de volar rumbo a Bogotá, donde asistirían a un encuentro cultural organizado por la Academia Colombiana de la Lengua. Los tripulantes introdujeron coordenadas erróneas para el aterrizaje, interpretaron mal las señales del radiofaro y el piloto viró a la derecha antes de tiempo. Para colmo, el controlador aéreo no dio seguimiento en el radar a la trayectoria equivocada del jumbo. En consecuencia, la aeronave descendió antes de tiempo, al suroeste de la pista, en la localidad de Mejorada del Campo; a la una de la tarde con cinco minutos, el motor número cuatro y el tren de aterrizaje derecho chocaron contra un montículo; tres segundos después el avión rebotó en otro cerro, volvió a caer, el ala derecha se rompió en el terreno, la nave se arrastró unos 800 metros, giró 180 grados sobre su eje y el fuselaje quedó invertido, fragmentado en cinco pedazos llameantes. Sólo 11 o 12 de las 192 personas que viajaban en el aparato se salvaron, más o menos de milagro, porque la fuerza del impacto las arrojó hacia afuera o porque, en los primeros instantes tras la caída, lograron abandonarlo.
En esos tiempos, la corrección política no prohibía la difusión de imágenes fuertes, y en un video de la época puede verse a rescatistas que recopilan cosas que parecen pollos rostizados, así como a un viejito no identificado que llora, en falso, al mecenas literario Conrado Blanco, quien falleció 15 años después del avionazo; al académico José García Nieto, muerto en 2001; a Pedro García, quien en ese entonces ya era difunto; al editor y ensayista Guillermo Díaz-Plaja, quien murió un año después, y a Carlos Murciano, que sigue vivo. En su obituario precipitado omitió, en cambio, a la pianista catalana Rosa Sabater, que fue una de las víctimas. Es posible que este enredo hubiese dado a Jorge Ibargüengoitia materia para un relato, pero el gran guanajuatense ya no se enteró porque murió en el avionazo.
“Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. [...] Faltándome dos años para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron 15 años lamentando esta decisión [...] Más tarde se acostumbraron.” Pero Ibargüengoitia se hizo dramaturgo, y cuando una de sus primeras obras (El atentado) recibió el premio Casa de las Américas decidió volverse novelista, y creo que sigue siendo, para buena fortuna de México, uno de los más leídos del país.
Dicen que cuando le llegó la invitación al encuentro de Bogotá, Ibargüengoitia, quien había fijado su residencia en París, se mostró reacio a asistir, que a última hora decidió viajar, que se llevó consigo el original de la novela que estaba escribiendo en ese momento y que el manuscrito desapareció junto con su autor. Aun con ese faltante, el hombre ha dejado una marca agridulce y duradera en la memoria de incontables lectores de varias generaciones.
Aunque también incursionó en la narrativa y en el teatro, el uruguayo Ángel Rama, otro de los pasajeros ilustres del infortunado vuelo, pasó a la historia como crítico, académico y ensayista y visioniario de la cultura continental. En abril de 1964, en el semanario Marcha, de Montevideo, cuyas páginas de literatura dirigió, dijo de García Márquez: “La comprensión exacta de una realidad pareciera ser la que gobierna en este caso a un escritor, y hace de él, a los treinta y cinco años, uno de los narradores importantes del continente”.
En ese mismo texto, Rama sintetizó, con unas palabras que 44 años después mantienen su vigencia, la violencia colombiana: “¿Cuándo empezó? ¿Quién fue el primero? ¿Por qué se originó? ¿Cuáles fueron sus episodios más llamativos? Pero a medida en que los años pasaron, esa violencia, al continuar invariable, se transformó en estado natural; la distorsión de realidad y vida se hizo norma, costumbre cotidiana. Ni siquiera parecen alarmar al resto del continente los 100 mil muertos de una guerra civil no declarada”. La violencia dictatorial que se abatió sobre su país convirtió sus andanzas mundiales en exilio y lo privó de nacionalidad. Por eso, el 27 de noviembre de 1983, Rama viajaba con un pasaporte venezolano.
Me salto el orden alfabético para no separar a Ángel Rama de Marta Traba, su mujer, quien viajaba también en el aparato de Avianca, y no precisamente en calidad de mera acompañante: nacida en 1930 en Buenos Aires, Marta tenía una extensa trayectoria como crítica de arte, como periodista, como ensayista (El museo vacío), como poeta (Historia natural de la alegría), como novelista (Las ceremonias del verano), como conductora de programas culturales en la televisión, como errante lúcida y como mujer de izquierda. A fines de los años 40 del siglo pasado, con apenas 19 años, tuvo el empuje de largarse, sola, a París, donde estudió historia del arte; posteriormente se estableció en la capital colombiana con su primer marido, el periodista Alberto Zalamea, y dirigió el Museo de Arte Moderno de Bogotá; en 1968, el presidente Lleras Restrepo le otorgó un plazo de 24 horas para que abandonara el país, porque Marta repudió la toma de la universidad por los militares; sin embargo, la sanción no pudo llevarse a cabo porque generó un repudio generalizado. A comienzos de 1983 acababa de ganar una dura guerra contra el cáncer y se sentía, más que nunca, apegada a la vida.
www.youtube.com/watch?v=vvzYQqGVtlw
Para 1983, Manuel Scorza, peruano, tenía 55 años, lo que difícilmente puede considerarse una edad provecta. Muchos años antes le había escrito a Rubén Bonifaz Nuño:
Bajo los árboles vertiginosos del crepúsculo, /vestidos de viudos, hemos de vernos. / En las estepas de los gentíos / me verás, te veré, nos veremos. / Y alrededor de nosotros / los recuerdos de pico ensangrentado. / Las hélices amarillas del otoño / degollando pájaros inocentes. Cierta tarde –cualquier tarde– / en una esquina nos desconoceremos. / Y por calles diferentes / a la vejez nos iremos.
El destinatario de esos versos llegó a una vejez colmada de reconocimientos muy merecidos. El remitente, en cambio, se quedó en la tierra chamuscada de Mejorada del Campo. Dejó tras de sí poemarios lúcidos, amargos y de títulos sorprendentes (Las imprecaciones, Los adioses, Desengaños del mago, El vals de los reptiles) y, sobre todo, un deslumbrante ciclo de novelas al que igual llamaba “Balada” que “La guerra silenciosa”: Redoble por Rancas (1970), Garabombo, el invisible (1972), El jinete insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La tumba del relámpago (1979). Cerrada la serie, una suerte de mural de las luchas campesinas de su país, en las que el propio Scorza participó con fervor militante, publicó La danza inmóvil (1983), complejo texto de exploración y experimentación. Fue un hombre comprometido y, al igual que Rama, carne de exilio.
Una frase del peruano podría resumir el final trágico de los cuatro: “No somos sino palabras escritas por el dedo de alguien en un muro invisible”. Tal vez, pero ellos siguen siendo palabras mayores.

lunes, 22 de diciembre de 2008

BUENO, PERO QUÉ ES LEER?

Leer (del latín legĕre) es el proceso de percibir y comprender escritura.es.wikipedia.org/wiki/Leer

tr. Recorrer con la vista lo escrito comprendiendo su significado, pronunciando o no las palabras. Penetrar el interior ... Ver definiciónwww.definicion.org/diccionario/41

domingo, 21 de diciembre de 2008






¿Qué es librarything?

Añade lo que estás leyendo o tu colección de libros entera: es un catálogo sencillo con la calidad del de una biblioteca. Además, LibraryThing te pone en contacto con personas que leen lo mismo que tú.
Adelante, date una vuelta.
¿Qué tiene de bueno?
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Libros: El Hobbit, El péndulo de Foucault, American Psycho, Les Thanatonautes, Colapso : por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen
Gente interesante: avaland, sylphette, Busifer, Irisheyz77, wafflehouse
Etiquetas: wwii, Victorian, philosophy of science, vampires, theology, dogs
Echa un vistazo al blog de LibraryThing para ver lo rápido — y abierto — que es su desarrollo.
Si la página de comentarios no te convence, nada lo hará. Fuera de aquí.

LEER PARA PENSAR




Leer para pensar
Jaime Nubiola

Son muchas las personas que jamás leen un libro. Suelen explicar que no tienen tiempo para leer, que ya les gustaría a ellos poder sentarse una tarde junto a una chimenea para leer un buen libro. Sin embargo, la atención a la familia, las relaciones sociales, las llamadas telefónicas, las prisas de la vida moderna, la televisión, todas esas circunstancias les quitan la paz necesaria para poder leer con tranquilidad. No les falta razón en lo que dicen, aunque hay algunas otras personas que leen precisamente para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado: "Leemos para vivir", afirmaba Belén Gopegui. Todos hemos visto en el metro, con envidia quizás, a esas personas para las que el mejor momento de su jornada es el tiempo de lectura cuando van o vienen del trabajo: en sus rostros se advierte que viven en un mundo mejor que quienes se conforman con dormitar o con echar una ojeada distraída al periódico o a la revista.
El novelista americano Jonathan Franzen denunciaba en Tal vez soñar: Razones para escribir novelas en la era de la imagen que "hace un siglo, un hombre culto leía unos cincuenta títulos de ficción al año; hoy en día, como mucho, quizás cinco". Temo que la estimación de Franzen peque de optimista para nuestro país. El arranque del verano es un buen momento para plantearse esta cuestión, echar mano de una vez por todas al montón de libros que hemos ido acumulando en la estantería para cuando tuviéramos tiempo y meterlos con decisión en la maleta de vacaciones.
¿Por qué leer? "Nacemos para saber —escribió Gracián—, y los libros con fidelidad nos hacen personas". Para quien se dedica al mundo de los negocios la literatura es, sin duda alguna, una manera formidable de potenciar la imaginación; es también muchas veces un buen modo de aprender a escribir de la mano de nuestros autores favoritos, sean clásicos o modernos. Pero la mejor respuesta a la pregunta acerca de por qué leer es —me parece— que la lectura nos hace pensar, nos da qué pensar, y eso nos hace mejores personas.
En estos días estoy leyendo el libro Eichmann en Jerusalén, en el que Hannah Arendt describe con singular maestría el proceso de Adolf Eichmann en 1961, tras su secuestro en Argentina por parte del servicio secreto israelí. Lo que más llama mi atención es su penetrante descripción del carácter de Eichmann, responsable principal de la conducción de centenares de miles de judíos a los campos de exterminio. Eichmann resulta ser no sólo un pobre hombre, capaz de enviar a la muerte a su propio padre si así se le hubiera ordenado —según declaró en el interrogatorio policial—, sino una persona del todo incapaz de considerar cualquier cosa desde el punto de vista de su interlocutor. "Eichmann —escribe Arendt— era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera un cliché". Cuando el guardia que lo tenía a su cargo le dejó una conocida novela para que se distrajera, la devolvió indignado al cabo de dos días, diciendo "Es un libro del todo malsano". Arendt subtituló su libro Un estudio sobre la banalidad del mal, porque a su parecer Eichmann no supo jamás lo que se hacía. "No, Eichmann no era estúpido —explica—. Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo". La filósofa judía concluye que una de las lecciones del proceso de Jerusalén fue que "la irreflexión puede causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizás, a la naturaleza humana".
Es severa la conclusión de Hannah Arendt, pero uno de los remedios más eficaces contra la irreflexión es, por supuesto, la lectura. ¿Qué libros leer? Aquellos que nos apetezcan por la razón que sea. ¿Cómo leer? Con un lápiz en la mano para no perder la ocasión de pensar a partir de lo leído. ¿Cuándo leer? Siempre que podamos. Y en el verano se puede más.
http://www.unav.es/users/LeerParaPensar.html

¿Para qué tanto leer? ¿No tienes tiempo de leer?


VICENTE VERDÚ


El libro constituye un bien tan significativo de una determinada cultura que esperar a que se lea cuando su sistema desaparece es lo mismo que reclamar que perviva una hormiga sobre una superficie de alquitrán. La vida de la hormiga es tan improbable en la Gran Vía como la vida del libro es exigua en el angosto y hasta alicatado ocio de la cotidianidad

El insecto queda exterminado sin infligirle un mal directo, pero no se reproducirá en la ciudad.

Igualmente, el fin del libro y su lectura no proceden, en especial, de la educación deficiente, la impericia de las editoriales o una siembra de cizaña (¿televisión?, ¿videojuegos?) que lo matan directamente y de raíz. Simplemente, la lectura va a menos porque no encuentra suelo donde arraigar ni espacio donde esponjarse.

La actualidad del mundo, la realidad de los intervalos de trabajo y tiempo libre, coinciden con una disponibilidad para leer tendente a cero. Y no se diga ya para leer a fondo. Los momentos en que aún se lee se obtienen de intersticios de una construcción cuya fachada central repele lo libresco como materia ajena a su iluminación natural. Se lee, efectivamente, en los cantones del sistema, en los estrechos itinerarios de transporte público, en los puentes o en las vacaciones, en los tiempos muertos.

Todo tiempo oreado y candeal se ocupa, generalmente, en otros gozos, sean los viajes, el sexo, Internet, las copas, los juegos en las pantallas, las cenas o los cines. ¿Tiempo para leer? Quien lee se extrae literalmente de la cadena nutricional reinante para insertarse en un nicho marginal.

Todo lector, y tanto más cuanto más lo es, traza su fuga y, a su pesar, se convierte en fugitivo de la contemporaneidad.

Efectivamente, los lectores de Harry Potter y otros best sellers internacionales no abandonan el reino, pero ¿quién puede decir que encarnan al profundo lector? Son lectores mutantes que como la presunta clase de himenópteros futuros hallará albergue en el asfalto. No ya en la fisura del asfalto sino en el mismo piso puesto que esta tipología no alude a un lector convicto, sino al libro de recreo importado de lo audiovisual. Son lectores de letras pero no letrados, siguen la línea de la página pero según los patrones del hilo cinematográfico o del musical.

El resto, los lectores conspicuos que aún permanecen, son hoy trabajadores autónomos, artistas profesionales, jubilados, impedidos, enfermos, críticos literarios, editores, directores de colección, traductores, autores. Fuera de ese ejército marcado y en declive creciente, apenas unas unidades más pueden sumarse al mundo lector.

Los libros, infantiles, juveniles, de autoayuda, de intriga, de salud, de consejos prácticos, de empresa, de texto, etcétera, componen la mayoría del tonelaje que trasladan todavía los contenedores del sector editorial y que pronto serán reemplazados masivamente por la superior eficiencia de las pantallas. No hay ocasión, pues, para complacerse en los libros literarios o en los libros del saber, ni tampoco una razón firme para confiar en su ventaja utilitaria.

En consecuencia, toda lectura de El Quijote con el ánimo de propagar la lectura como signo de salvación social no será sino la chusca representación de una función agotada y la teatralización de la impotencia. No se lee por El Quijote, no se lee siquiera por consejo o ejemplo de los padres, se lee cuando el bocado de tiempo que pertenece al libro procura sabrosas y efectivas sensaciones de placer. Sin embargo, para ello no basta cualquier tiempo marginal, contaminado o intersticial, ni tampoco el tiempo urgido o el intervalo fatigado del fin del día. Quienes leemos y leen el libro no se alistan entre quienes se integran más y mejor, sino entre los que añoran ese producto que aprendieron saludablemente a paladear.

¿Escuelas gastronómicas para la lectura? Todas las escuelas gastronómicas se dirigen a acrecentar la variedad de los restaurantes, esos espacios donde efectivamente el mundo joven acude con insólita frecuencia y cuyo disfrute pertenece de pleno derecho a los entretenimientos de esta cultura reinante que atiende, en sus acortados tiempos libres, a las benditas sensaciones del cuerpo y no a los enrevesados ejercicios que a menudo exige la degustación mental.
www.el boomeran.com.
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/leer/elpepisoc/20080426elpepisoc_11/Tes

¿POR QUÉ Y PARA QUÉ LEER?

Leer para ser mejores (Miquel Desclot)


Os presentamos el texto que Miquel Desclot, galardonado con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por su obra "Més musica, mestre!", leyó el 27 de noviembre de 2002 con motivo de la inauguración de la exposición para la campaña de fomento de la lectura del Ministerio de Cultura en la Biblioteca Nacional.
Leer para ser mejores
La mayoría de nuestros antepasados fueron analfabetos. Es verdad. Pero no fueron ignorantes. Ellos, simplemente, disponían de otro sistema de almacenamiento y transmisión del saber. A ellos les bastaba la memoria, que hacía las veces de biblioteca, y la transmisión oral, que hacía las veces de lectura. Y, a su manera, no eran menos sabios que nosotros. A su vez, los niños de aquella sociedad analfabeta, pero no ignorante, estaban en contacto permanente con la literatura de tradición oral, ya fuesen canciones, cuentos o adivinanzas, desde su más tierna edad hasta su madurez. No iban a la escuela, pero heredaban un saber secular. No leían, pero escuchaban la literatura que sabían sus mayores, y jugaban todo el día con las canciones y las fórmulas verbales que les había legado la tribu. En el fondo, eran más literarios que los niños alfabetizados de nuestros días. Eso fue así durante siglos, hasta que la cultura escrita fue extendiéndose y las formas de vida moderna, con todos sus sistemas de memoria artificial, acabaron no hace mucho con la tradición oral. Y los niños perdieron el contacto que con tanta naturalidad habían mantenido hasta entonces con la literatura.
Es aquí, pues, cuando entra en escena la necesidad de una literatura infantil: entre los cuentos y canciones de tradición oral que todavía se cuentan y cantan a los niños más pequeños hasta la narrativa y la poesía que se escribe para los adultos, nuestra sociedad precisa una literatura infantil que llene este vacío y haga posible una transición natural entre ambos extremos.
Este país ha perdido la sabiduría de transmisión oral hace relativamente poco tiempo, pero todavía no la ha substituído por una generalización de la cultura escrita. De hecho, como seguramente sabréis, España es uno de los países con un índice de lectura más bajo de Europa. No es un índice para enorgullecerse, precisamente. Todo el mundo tendría que luchar para modificar de raíz este estado de cosas que debería preocuparnos tanto como el índice de paro laboral o el índice de crecimiento económico. Los escritores, por supuesto, deben contribuir a ese necesario cambio con una aportación literaria de primera calidad, pero también denunciando y combatiendo las carencias culturales de esta sociedad. Todo el mundo tiene su papel a desempeñar en esta campaña imprescindible.
A la lectura se llega por el placer, es cierto. Empezamos a leer por placer, y de hecho sería deseable que ese placer no nos abandonara nunca. Pero llega un momento en que el placer en sí mismo parece insuficiente y hay que plantearse la lectura como una fuente de conocimiento, que a su vez es una nueva fuente de placer. Leer para gozar, leer para conocer, leer para comprender, leer para crecer como ser humano. Eso es dolorosamente necesario en un país donde la lectura todavía parece un lujo prescindible. Un país que no lee es un país inmaduro, un país donde la gente no sabe dialogar porque no sabe comprender, un país donde la gente se echa los trastos a la cabeza por menos de un quítame allá esas pajas.
Es decir, un país a medio civilizar, por más ordenadores per cápita que tenga. Yo os invito a soñar en un país donde la lectura nos lleve a la comprensión y al conocimiento. Es decir, a la verdadera libertad. Un país donde el individuo conozca y respete profundamente al otro: al que no tiene su color de piel, al que no piensa como él, al que no habla como él. Desgraciadamente, este sueño todavía queda lejos, pero nunca hay que desfallecer y renunciar a esa meta final. La triste realidad es que en este país interesa muchísimo más el fútbol que la lectura, muchísimo más Operación Triunfo que lo que ocurre en los distintos parlamentos, muchísimo más lo que pueda declarar una supermodelo que lo que pueda decir un escritor o un pensador. Desgraciadamente, en este país se cometen desaguisados culturales hasta en los lugares donde debería reinar el juicio más ejemplar: en una ciudad de tanta tradición sapiencial como Salamanca todavía se guarda con orgullo un botín de guerra fratricida que debería avergonzarnos a todos sin excepción. Y, sin ir más lejos, en esta mismísima casa venerable que nos acoge, se pretende clasificar la literatura en lengua catalana en tres apartados diferentes, según los autores procedan de una comunidad autónoma u otra: una decisión que, pasando por encima de cualquier criterio científico, sólo se explica por el desconocimiento, el menosprecio y la animosidad (algo así como si la Biblioteca del Museo Británico clasificara a Cervantes como literatura manchega y a Góngora como literatura andaluza).
Por favor, leed y soñad. Para que el conocimiento nos haga verdaderamente libres y civilizados. El día que las bibliotecas estén más solicitadas que los campos de fútbol, que los telediarios dediquen tanto espacio a los libros como a los goles, que nuestros representantes públicos se sienten a hablar y a escuchar civilizadamente sin insultarse ni despreciarse mutuamente, que la juventud prefiera ir al teatro antes que salir a emborracharse, que la mentira y la corrupción sean perseguidas en todas partes, sea quien sea el que las cometa, que los conflictos no se resuelvan a bombazos ni con abusos de poder, aquel día sí podrá decirse con razón que España va bien.
Muñoz Creus, Miguel (verdadero nombre de Miquel Desclot)
Nació en Barcelona en 1952. Estudió Filología Catalana en la Universitat de Barcelona. Animado por sus compañeros y profesores comenzó a escribir sus primeros poemas con los que obtuvo el Premio Amadus Oller en 1971 que supuso el inicio de su carrera literaria, profesión que, entre 1975 y 1992, compaginó con la enseñanza, como profesor del Departamento de Filología Catalana de la Universitat Autónoma de Barcelona, salvo un paréntesis de dos años en la Universidad inglesa de Durham. En 1992 decidió abandonar la enseñanza para dedicarse plenamente a la literatura, en la que cultiva diversos géneros, especialmente la poesía y de manera muy singular la poesía para niños en quienes desea despertar el interés por la misma. Asimismo, su afición por la música le ha llevado a participar en proyectos musicales como 'Paraula de Poeta' en el Teatro LLiure, junto con Josep Pons. Su labor como traductor se ha visto reconocida con diversos premios como el Premi Josep M. de Sagarra de traducción teatral (1985) por la versión de 'Les mamelles de Tirèsies' de Guillaume Apollinaire, el Premio de la Generalitat a la mejor traducción en verso (1988) por la versión de 'Llibres profètics' de Lambeth, I de William Blake y el Premio Nacional de Traducción de literatura infantil (1988) por la obra 'Versos perversos' de Roald Dahl.
http://revistababar.com/web/index.php?option=com_content&task=view&id=33&Itemid=49

LOS DERECHOS DEL LECTOR


Juan Carlos Santaella

En un reciente manifiesto redactado y dado a conocer en el 25o Congreso de la Unión Internacional de Editores, éstos exigen, entre otras cosas, una 'alfabetización real y universal', una 'alfabetización literaria' y 'la desaparición de las barreras para la circulación de los libros'. Estas demandas son razonables y responden a un derecho básico ya previsto en la carta de los Derechos Humanos y en las distintas constituciones nacionales. Sin embargo, olvida este manifiesto que los lectores también poseen derechos inalienables y que así como se exigen escenarios óptimos para la 'cultura de la edición', asimismo deben respetarse ciertos privilegios para los lectores.
Seamos francos: leer no siempre constituye un placer. Entonces, ¿por qué obligar a los niños y a los adolescentes a leer? Sobre todo a leer en términos totalitarios, atendiendo sólo a criterios pedagógicos de dudosa eficacia. Aquel concepto que expresa la teoría pedagógica del oprimido, cabe perfectamente en los afanes esquizofrénicos del perfecto lector. (Así como hay un Manual del perfecto idiota, de enorme éxito editorial, de la misma manera existe un Manual todavía no escrito del perfecto lector idiota). 'Tú, hipócrita lector...', sentenciaba el viejo poeta francés, recordándonos que leer no siempre comporta un acto de revelación, de comprensión, de conocimiento o de amor. Al contrario, leer significa muchas veces enfrentarse al fastidio, a la mediocridad, al lugar común y, como si fuera poco, a la tan proverbial megalomanía de los escritores.
La lectura, en tanto acto de poder represivo, debe ser abolida de un todo. No más lectores idiotas, abúlicos y convencidos de que leer representa un acto trascendental obligatorio, cargado de énfasis culturales y sociales que rayan en la estupidez. Si algo hay que rescatar de la lectura, es el derecho definitivo a no leer una sola línea de nadie. Daniel Pennac en un atrevidísimo libro titulado Como una novela, cuestiona fuertemente las prácticas convencionales de la lectura.
Estudio irreverente, irónico, desmonta todas las conductas malamente aprendidas y relacionadas con el fenómeno de la lectura. 'Queda, dice, por comprender que los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comenten, sino para que, si su corazón los pide, los lean'.
Esta lúcida observación destruye, entre otras grandes imposturas, el viejo asunto de la enseñanza de la literatura y sus tediosos métodos de aprendizaje.
Una educación que suele hacer énfasis en la obligatoriedad de sus premisas pedagógicas, tiene por fuerza que conducir al fracaso. Aquí entramos de lleno en el importante tópico de la libertad y sus conexiones virtuales con la educación. En particular con el objeto que representa el libro, el tema de la libertad tiene que ser abordado con absoluta asertividad. Y ya que estamos hablando de libertad, me permito reproducir, punto por punto, los diez principios claves que Daniel Pennac insiste en llamar Derechos imprescriptibles del lector:

1. El derecho a no leer.
6. El derecho al bovarismo.
2. El derecho a saltarse las páginas.
7. El derecho a leer en cualquier parte.
3. El derecho a no terminar un libro.
8. El derecho a picotear.
4. El derecho a releer.
9. El derecho a leer en voz alta.
5. El derecho a leer cualquier cosa.
10. El derecho a callarnos.

Usted, cansado y maltratado lector, debe elegir.

Brasil sin libros La 5a Feria Internacional del Libro de Caracas, inaugurada el pasado sábado, resulta, como ya es costumbre y tradición, un evento de singular importancia para el país. A pesar de los apremios económicos, Fundalibro ha logrado, por lo menos, darle continuidad a esta gran fiesta del libro. Aún le falta dar un salto verdaderamente internacional, ya que no participan las grandes editoriales que todos desearíamos ver. Valga la siguiente observación: si Brasil es el país invitado de honor a esta feria, ¿por qué su estand luce tan visiblemente precario, de una pobreza editorial que no comprendemos? Tanto su diseño como los escasos libros que allí se exhiben, no complace las expectativas de un país que posee una enorme producción editorial. Algo salió mal, definitivamente. Las editoriales nacionales mejoraron bastante su presentación, no tanto como su oferta en materia de novedades. Uno de los mejores estands es el de Fundarte, cuyo original diseño lo convierte tal vez en el más atractivo de la feria. De los precios de los libros nada qué decir: todos están en las nubes. Salvo pocas excepciones, la gran mayoría son caros. Incluso hay remarcaje de precios en libros que fueron adquiridos por los importadores hace varios años.