miércoles, 18 de agosto de 2010

La Planta del Papiro, su utilización y fabricación en Egipto

La Planta del Papiro, su utilización y fabricación en Egipto Los papiros genuinos se obtienen a partir de la planta del papiro, muy utilizada en el antiguo Egipto, a partir de la cual se obtiene una superficie parecida al papel sobre la cual se pueden realizar dibujos o grabados. El proceso para obtener papiro se puede resumir en los siguientes pasos: [Image] Se corta el tronco de la planta del papiro y se mantiene en remojo entre 7 y 14 días (cuantos más días esté en remojo, más marrón quedará el papiro final).
Se corta el tronco en láminas finas y se pasa un rodillo sobre cada lámina, con el fin de eliminar parte del azúcar y del agua de la lámina y hacerla, así, menos quebradiza.

Se van alternando láminas horizontales y verticales, a modo de malla, para constituir una superficie lisa.

Se prensa la lámina durante siete días. Se saca de la prensa y listo para su uso. Papiro (Cyperus papyrus ) La planta del Papiro La planta del papiro era conocida en el Antiguo Egipto como "djet o thuf". Su nombre científico es Cyperus Papyrus, de la familia de las Ciperáceas. Es originaria de Siria, Palestina y África tropical, habita en el nordeste de África y es propia de lugares pantanosos y riberas. Se trata de una planta perenne con un rizoma rastrero muy grueso y con tallos que alcanzan los tres o cuatro metros de altura. El tallo es grueso y cilíndrico, liso, de color verde oscuro. Tienen flores insignificantes reunidas en pequeñas espigas, con forma de varillas de paraguas. Suele crecer en el agua (embalses, lagos, riveras, etc.), aunque también es fácil de cultivar en macetas al interior. Utilidad del Papiro para los egipcios Además de servir para la producción del papiro de escritura, los tallos de la planta djet se utilizaban también en la fabricación de embarcaciones, esteras, cuerdas, zapatos, velas de barcos, vestidos de corteza, etc. La parte inferior de tallo era comestible, masticándolo para sacarle el jugo y desechando la fibra. También se usaba como mecha de cirios y en lámparas de aceite. Con su raíz se preparaban medicinas y perfumes, a la vez que, una vez secas, servían como combustible. La producción del papiro sólo se realizaba en Egipto, y de allí se exportaba al mundo Mediterráneo, todo ello controlado por el estado. Fabricación del Papiro para la escritura El papiro es considerado un antecesor del papel, por su similitud en varias de sus características: color, flexibilidad, facilidad para escribir y recepción de la tinta. En Egipto se daban las condiciones de sequía y calor idóneas para la conservación del papiro, ya que el mismo por la humedad, se estropea y ennegrece. El procedimiento de fabricación consistía en seccionar el tallo y quitarle las capas, poniéndolas una junto a otra en disposición paralela. Después se colocaban encima de éstas otra capa, perpendicular a la anterior y se dejaban secar bajo presión, proceso que duraba unos tres o cuatro días. Tras el secado, se frotaba suavemente con una concha o una pieza de marfil. La cara del papiro con tiras horizontales era el anverso, en el que se realizaban las inscripciones. La cara con tiras verticales era el reverso, en el que raramente se escribía. A veces, como el papiro era muy caro, sí se utilizaban ambas caras, o si el escrito anterior carecía de interés, era borrado, y vuelto a utilizar. Normalmente se fabricaban rollos de unas veinte páginas, de cuatro metros y medio cada una, pero para utilizarlos, se solían cortar con una navaja a un tamaño de 47 x 22 cm. Los papiros más grandes que se conocen son "El Gran Papiro Harris", con una longitud de casi 45 metros, el "Libro de los Muertos", de unos 40 metros y el "Papiro de Ani", de casi 26 metros de largo. Tipos de Papiro Según su calidad, existían ocho clases de papiros: Emporíticos, usados como papel de envolver. Taeneóticos, de mala calidad.

Saíticos, fabricados con materiales sobrantes.

Anfiteátricos, de calidad media.

Fanianos, de buena calidad.

Livios, de muy alta calidad.

Augusticos, de muy alta calidad.

Hieráticos o regios, los de más alta calidad, empleados sólo para textos sagrados. Algunos Papiros conservados El primer papiro descubierto estaba sin utilizar, y fue encontrado en la tumba de un funcionario en Saqqara, que data del 3.035 A.C. El primer papiro escrito conservado data del 2.500 A.C., en la V dinastía, y contiene la contabilidad del Templo de El-Gebelein durante el reinado de Neferirkare-Kakai. El "Gran Papiro Harris", el más grande que se conserva, está en el Museo Británico, sus dimensiones son de 45 metros de largo y 45 centímetros de ancho. Su nombre se debe a un aficionado a la egiptología que lo tenía en posesión. Se trata de un archivo del estado, formado por 117 columnas en hierático, que nos relata desde el reinado de Larsu, en la XIX dinastía, hasta el de Ramsés III. En el mismo papiro se encuentran "las instrucciones de Amonnakhte", escrito por un escriba de la "Casa de la Vida". El Papiro de Ebers se conserva en la Universidad de Leipzi, data del 1.550 A.C. y es un tratado de medicina (en varias especialidades), higiene y ginecología. Es también un completo texto de anatomía. Contiene recetas médicas hechas a base de higos, ajo, cebolla y miel. El Papiro Carlsberg se encuentra en Copenhague y se remonta al siglo II D.C. Es otro papiro médico, que nos da idea de los grandes conocimientos sobre el cuerpo humano y la medicina que tenían los egipcios. El Papiro de Berlín, en el museo egipcio de dicha ciudad, contiene documentos de muy variada índole, entre los que destacan varios tratados médicos. El Papiro Abbot, se encuentra en el Museo Británico, que pertenece a la XX dinastía, relata la investigación de una serie de robos de la época. El Papiro Aker es una versión de un fragmento del "Libro de Los Muertos", este no se conserva entero. El Papiro de Ani, de 26 metros de longitud, es la versión más conocida del Libro de los Muertos, data del 1.300 A.C. y se le atribuye a un escriba llamado Ani, aunque se observan tres tipos de letra diferentes, por lo que podría haber sido escrito por varias personas. El papiro Edwin Smith data del 500 A.C.; su contenido también es de carácter médico. Tiene pasajes muy interesantes sobre tratamientos máxilofaciales y enfermedades de mama. © Copyright 2009 Artesanías Egipcias Todos los Derechos Reservados

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lunes, 18 de enero de 2010

Citas librerescas...

Ésta de Herman Hesse: "Sólo existe una ley y un camino para cultivarse y crecer intelecturalmente con los libros y es el respeto a lo que se está leyendo, la paciencia de querer comprender, la humildad de tolerar, escuchar. El que solamente lee como pasatiempo, por mucho y bueno que sea lo que lea, leerá y olvidará y luego será tan pobre como antes. Pero el que lee como se escucha a los amigos, los libros le revelarán sus riquezas y serán suyos. Lo que lea no resbalará ni se perderá sino que se quedará con él y le pertenecerá y le consolará como sólo los amigos son capaces de hacerlo.


Nunca te hagas librero ...
"Nunca intentes escribir, pero sobre todo no te dediques nunca a la edición o al comercio del libro"; éste es el único consejo de mis padres que yo recuerdo. Mi padre me lo repetía sin cesar; mi madre lo suscribía y reiteraba, y ambos alentaban mi interés por cualquier cosa que no fuera la literatura. David Garnett


http://nuncatehagaslibrero.blogspot.com/


Un libro compartido duplica su gozo



sábado, 18 de julio de 2009

De los Libros y la Lectura


 

 

De los Libros                                                           

 

Un buen libro es un regalo precioso que hace el autor a la humanidad.
Joseph Addison.

 

Un buen libro es aquel que cuando terminas de leerlo te entran ganas de pagarle una copa a su autor.
Martín Amis.

 

De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro, todas las demás son extensiones de su cuerpo... Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria.
Jorge Luis Borges.

 

Creo que no leer es peor que quemarlos
Joseph Brodsky

 

El libro, objeto frágil y poderoso, nos permite compartir la imaginación del mundo.
Carlos Fuentes.

 

Un libro, como un viaje, comienza con una inquietud y se termina con melancolía.
José Vasconcelos

 

 

De la lectura                                                    

 

Sólo se puede leer por placer.
Jorge Luis Borges

 

El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
Miguel de Cervantes

 

La lectura es una necesidad biológica de la especie. Ninguna pantalla y ninguna tecnología logran suprimir la necesidad de lectura tradicional.
Umberto Eco
 

 

 

 

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martes, 7 de julio de 2009

Adriana Yáñez: entre la filosofía y la poesía


Luis Tamayo, La Jornada Semanal

El 21 de abril falleció Adriana Yáñez Vilalta, doctora en Filosofía, poeta, catedrática de la UNAM, del cidhem e investigadora del CRIM/UNAM. Deceso ocurrido apenas dos años después de quién fuese su marido, el también valioso filósofo, el doctor Ricardo Guerra. La muerte de Adriana Yáñez presenta, para la intelligentsia de México, un cariz muy peculiar, pues el cáncer nos arrebató a una intelectual de una formación excepcional y, sobre todo, en la cúspide de su carrera. La rigurosidad de su pensamiento derivaba de su gran inteligencia. Era capaz de leer en el original no sólo a Hegel, Heidegger y Hölderlin, sino a Nerval, y Eliot, por nombrar sólo a algunos de sus autores preferidos. Fue miembro de la Heidegger Gesellschaft, de la Sociedad Internacional Hegel y de la Asociación Filosófica Mexicana. Desde su infancia, Adriana frecuentó a los mejores exponentes de la cultura universal, pues sus padres, el licenciado Gonzalo Yáñez y la escritora Maruxa Vilalta, simplemente habitaban en ella. Estudió Filosofía en la UNAM, en la Universidad de París y en la Humboldt de Berlín. Obtuvo su doctorado en 1995, bajo la dirección de Ramón Xirau.
El Diccionario de escritores mexicanos (2007) nos informa que fue autora de El movimiento surrealista (1979), Actualidad del movimiento romántico (1991), Los románticos, nuestros contemporáneos (1993), Diálogos sobre ontología y estética (1995), El nihilismo y la muerte de Dios (1996) y Nerval y el romanticismo (1998). Recientemente publicó (en colaboración con Ricardo Guerra): Martin Heidegger. Caminos (FFyL, UNAM, 2009). Como puede apreciarse, Adriana Yáñez no sólo fue una lectora asidua de la filosofía, sino una estudiosa del movimiento romántico:
La poesía de los románticos se niega a los preámbulos, a los principios, a los métodos y a las pruebas. Se niega a la duda. Necesita, cuando mucho, un preludio de silencio. Se mueve en un tiempo detenido: un tiempo vertical. No sigue el compás de las horas. Es un tiempo diferente al tiempo común, que corre horizontalmente como el agua del río o el viento que pasa. El tiempo del romanticismo no corre: brota. Más adelante, sostiene sobre Nerval:
Habrá que esperar la poesía de nuestra época para volver a encontrar ese tono reservado y discreto, ese dolor callado, esa profunda y suave melancolía mediante la cual se expresa, en pleno romanticismo, Gérard de Nerval. No hay sonidos discordantes ni gritos agudos. No hay brusquedad ni lastimosas quejas. Nada viene a distraer el silencioso compás, la melodía nocturna de este extraordinario poema de soledad [se refiere a Les chimères], uno de los más extraños y bellos sonetos escritos en lengua francesa.
Miembro del prestigiado Pen Club, la poesía de Adriana Yáñez era excepcional, y fue reconocida por Gabriel Zaid en su Antología de poetas jóvenes mexicanos (1980). Pero su habilidad ensayística no se quedaba atrás. Revisemos un fragmento del estudio “Recuerdo, tiempo y nostalgia”, escrito en homenaje a Ricardo Guerra:
¿Qué entendemos por nostalgia? En griego, nostos significa “regreso”. Algos se refiere al “sufrimiento”. La nostalgia es el sufrimiento causado por un hecho concreto: el no poder regresar. En portugués, Fernando Pessoa nos habla de saudade. En inglés decimos, homesickness. En alemán, Heimweh. En español, además de la palabra de origen griego “nostalgia” empleamos también la palabra “añoranza”, que proviene del verbo “añorar” y que a su vez tiene su raíz en el verbo catalán enyorar, derivado del latín ignorare (que significa “ignorar”, no saber algo). Siguiendo esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estoy solo. Estoy lejos. Siento dolor. No sé lo que sucede en mi país, con la persona amada, con el pasado que he dejado atrás. Soy un aventurero o un exiliado. Un soñador en busca de la Edad de Oro o un ángel condenado que recuerda el paraíso perdido. En francés también se emplea la palabra nostalgie, pero no hay verbo. No hay manera de decir “te añoro”, “te extraño”. Hay que recurrir a formulas más frías como je m' ennuie de toi (te echo de menos) o tu me manques (me haces falta). Lo interesante aquí es la palabra ennui (aburrimiento), tan popular a partir de Baudelaire, quién a su vez tuvo que recurrir a la palabra inglesa spleen, para tratar de definir ese malestar, esa sensación de carencia y de vacío. En Alemania se emplea muy pocas veces la palabra “nostalgia” en su forma griega y lo más frecuente es decir: Sehnsucht: búsqueda o deseo de lo que está ausente. Debemos subrayar que la Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido, es decir, tanto al pasado como a aquello que todavía no conocemos. Para incluir la idea de nostos o de “regreso” hay que añadir algo: Sehnsucht nach der Vergangenheit (nostalgia del pasado), nacht der verlorenen Kindheit (nostalgia de la infancia perdida) o nacht der ersten Liebe (nostalgia del primer amor).
Pero su reflexión no se limitaba al conocimiento de etimologías y lenguas modernas, ello era preámbulo de un filosofar profundo:
La nostalgia es recuerdo, imaginación y creación. El recorrido es por dentro. Es el viaje alrededor de la alcoba; el viaje erótico, pero también el camino del arte y de la memoria colectiva. La posibilidad del lenguaje se da en la sábana en blanco, como la página en blanco, con el placer y sus silencios, con el dolor y su verdad. Es la interiorización de la experiencia poética. Un viaje que nos acerca a lo más íntimo, a lo más profundo, a lo más originario de nuestro propio ser.
Mucho hemos perdido con la ausencia de Adriana. Solo nos queda esperar que su espíritu perviva, pues “el poeta se mantiene de pie, ante las tormentas de Dios, con la cabeza desnuda, esperando apresar el rayo divino, en la oscuridad de la noche”.
No termino sin antes enviar un abrazo, no sólo a sus padres y a la gran familia Guerra, sino también a su hermano Gonzalo y, last but not least, al hijo que ella no sólo quiso por sobre todas las cosas, sino de quien siempre estuvo profundamente orgullosa, a Adrián.
http://www.jornada.unam.mx/2009/05/31/sem-luis.html

Javier Wimer: el hombre que amaba los libros

Carlos Payán Velver

Se murió Ramón Sijé, con quien tanto quería.

Miguel Hernández

En el Anfiteatro Simón Bolívar de la Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad que fuera para muchos de los que estamos aquí Madre y Maestra, venimos a hablar de Javier Wimer.

Luego de su muerte hemos contando lo que ya sabíamos. Era necesario para que la memoria no lo ocultara en esa sombra que es el olvido.

Yo diría, recordaría, que se escapó del milagro de la vida que tanto disfrutaba, así, tan de repente, que uno se ha quedado con las manos vacías y un hueco en el corazón, pues se ha ido un hombre que había sido siempre un gran amigo, en las buenas y en las malas y que hizo de la amistad, sin quererlo, sin desearlo, porque estaba en su natural, una vocación.

Wimer fue un gran dador de amistad.

Alguna vez, en medio de los tragos, me contó los últimos momentos de la vida de Emilio Uranga que había sido un muy destacado fundador del Grupo Hiperión y que abandonó la filosofía para convertirse en un amanuense de políticos y cómo, en su fin final, recuperó su dignidad y prácticamente se había dejado morir de hambre sin pedir ninguna ayuda. Me lo contó con lágrimas en los ojos por la amistad y el afecto que le guardaba.

Wimer amaba su país. Siempre atento al acontecer de la política sabía entender lo que estaba pasando y cómo las nuevas generaciones iban desdeñando a aquellos que se habían formado con un espíritu republicano. Era en cierto sentido uno de los últimos verdaderos republicanos.

Pero yo lo que quería contar de Wimer son otras cosas. Decir, por ejemplo, que tenía una cultura formada en el humanismo y que fue un gran lector, un apasionado de los libros al que le gustaba coleccionar algún tipo de ellos.

Alguna vez me mostró uno recién adquirido, impreso a mediados del siglo XVII, esplendoroso; era un tratado de plantas, con cada dibujo impreso y coloreado a mano.

–¿Y esto? –le dije.

–Por el puro gusto de ver estas maravillas –contestó.

En otra ocasión, se decidió a vender, en una época de vacas flacas, la Suite Vollard de Picasso, una carpeta que contenía 100 grabados del pintor. Llamó entonces a Emilio, mi hijo, pintor y grabador y le mostró la Suite.

–Mírala todo el tiempo que quieras, ya la vendí y mañana va a desaparecer de nuestras vidas este prodigio.

Wimer era un espíritu delicado. Supimos que esa venta le había dolido profundamente.

Su principal actividad de coleccionista la prodigó en la búsqueda del pequeño libro de grabados de Holbein sobre las de Las Danzas de la Muerte, editadas en un pequeño formato de escasos ejemplares. Por aquí, por allá consiguió algunos grabados que habían sido desprendidos de alguno de los libros que los contenían. Luego, en Ámsterdam, en una librería de antiguo, al fin consiguió un libro casi completo.

Al leer uno de los múltiples catálogos de libreros que recibía encontró que en un pueblo de los Alpes suizos vendían un libro completo de Las Danzas de la Muerte. Apuntó en una libreta el nombre del lugar y la dirección del librero. Un par de años después tuvo necesidad de ir a La Haya. Ahí tomó la decisión de ir a buscar el libro. Un sábado, a las nueve de la mañana se subió el tren que lo acercaría a ese lugar al que llegó a eso de las 12 horas. Al entrar a la librería encontró un local de ocho por seis metros atestado de libros, en los anaqueles sobre las mesas que estaban en el centro de la habitación, amontonados en el propio suelo. Un viejo librero que parecía rabino alzó la cabeza tras la montaña de libros que la cubría. Se saludaron y luego de las preguntas del anciano librero: ¿De dónde viene? ¿Qué lo trae por estos lugares? ¿Busca algún libro?, Javier contestó que quería saber si todavía conservaba la edición de Las Danzas de la Muerte de Holbein. El viejo navegó por ese mar de libros, abrió una vitrina con una llave que llevaba en el chaleco y sacó un libro, un poco o un mucho maltratado, le limpió el polvo con una brocha de pintor y le dijo a Wimer que ese polvo lo protegía un poco de la humedad.

Wimer examinó el libro cuidadosamente y luego de unos minutos preguntó por su precio. El viejo apuntó una cantidad que a Wimer le pareció exagerada, sobre todo por el estado en que se encontraba el libro. Lo siento, dijo el viejo que parecía un rabino, ese es el único precio.

Wimer dejó el libro sobre una mesa y comenzó a deambular entre esa arrumbe de libros, al paso que iniciaban una conversación libresca entre ellos: Que si tal Libro de Horas, que la edición príncipe de las Cartas de Relación, que el misal impreso en la imprenta de Juan Pablos y, así, una larga conversa hasta cuando empezó a declinar la tarde y Wimer pidió un taxi que lo llevara a la estación del Tren.

En el momento de despedirse, el viejo librero que parecía rabino puso en las manos de Wimer Las Danzas de la Muerte de Holbein.

–Lo siento –dijo Javier– no puedo comprarlo.

–No –expresó el hombre que parecía rabino–, es suyo, se lo regalo. Un hombre que ama tanto los libros como usted, merece tenerlo en su guarda.

Quiero terminar diciéndoles a ustedes que estas anécdotas contadas sobre Javier Wimer, apenas si traslucen momentos de su personalidad, y " que por el solo hecho de contarlas de alguna manera ya las estamos deformando y tergiversando. Las palabras no pueden reproducir los hechos " o al personaje, y acaso sólo son un apunte, un tenue boceto de lo que quieren expresar. "Nunca pueden reproducir el tiempo pasado –escribe Javier Marías–, o perdido, ni resucitar al muerto que ya pasó y se perdió en ese tiempo.

" Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros " , continúa Marías.
Y nosotros, en efecto, nos quedamos en el dolor y la desolación por la pérdida.


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